4 de noviembre de 2010

La muerte en la Edad Media

La muerte suponía la separación -a veces incompleta-
de cuerpo y alma



¿Qué tal una lección de historia de los lúgubres y misteriosos tiempos del medievo? Y tan lúgubre será el tema que trataremos: la muerte. Es increible lo presente que podían llegar a tener las gentes del medievo la muerte en su día a día. Si nos paramos a pensarlo, hoy no nos preocupamos por ella, sabemos que esta ahí y que en algun momento llegará. Cierto es, que en esos tiempos, llegaba mucho antes de lo que lo hace ahora.

¿Como sería vivir con la idea de que hay que morir para purificar el alma, expiar los pecados, redimirse ante Dios...? ¿Como se tomarían los rituales de la muerte en la Edad Media? ¿Como harían para no derrumbarse sentimentalmente pues la vida en la Tierra es el castigo divino por revelarnos contra Dios?

Veámoslo. Mente en blanco y a leer...

En la Edad Media eran pocas las personas que gozaban de una vida longeva y alcanzaban la vejez. La esperanza de vida era corta, y la muerte de niños y recién nacidos era algo tan común que se consideraba que las criaturas menores a siete años tenían garantizada la salvación de su alma, independientemente de si habían recibido o no el bautismo. En el caso de los adultos importaba sobre todo morir en paz con Dios, es decir, habiendo confesado, sin pecado, y estando preparado para ello, pues en la muerte los cristianos veían el fin del cuerpo y la liberación del alma.

Sin embargo, eran muchos los que no conseguían alcanzar una muerte tranquila. El mundo medieval, como otros períodos de la historia, estaba afectado por una violencia endémica y recibía periódicamente el azote de hambrunas y enfermedades. En tal contexto la presencia de la muerte era un hcho cotidiano, y se hizo aún más evidente en el siglo XIV, la época de la Peste Negra y de la gran crisis de la Baja Edad Media. En aquel tiempo los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgaron juntos: guerra, hambre, peste y muerte. Los ejércitos asolaban aldeas y ciudades, los campos quedaban sin labrar, las malas cosechas debilitaban a las gentes y propiciaban la rápida propagación de la enfermedad. Fue durante esta centuria cuando el índice de mortalidad alcanzó sus cotas más altas. Comenzaron entonces a proliferar las representaciones de la muerte, se generalizaron los testamentos, se multiplicaron que preparaban para una buena muerte, se desarrollaron las llamadas "danzas de la muerte" y hubo una mayor preocupación por el Más Allá.

La muerte era, en fin, una compañera habitual de viaje para los hombres y mujeres de la Edad Media, por lo que no es de extrañar que los rituales relacionados con ella fueran muchos y tomasen cada vez mayor importancia. De hecho, y desde el mismo inicio de la Edad Media, sobre todo en las zonas rurales, los rituales en torno a la muerte estaban plagados de costumbres ancestrales, paganas, que el cristianismo intentó extinguir y, cuando ello no fue posible, cristianizó. Muchas de estas tradiciones han llegado hasta nuestros días, al igual que las múltiples supersticiones que se asociaban con esta cuestión.

EL RITUAL DE LA MUERTE

Cuando alguien moría se hacía lo que básicamente sigue haciéndose hoy: el cadáver recibía un tratamiento, después era velado y, por último, se llevaba a enterrar.

El tratamiento consistía en lavarlo con agua o vino y amortajarlo. Lo más común era poner al muerto el vestido más rico que hubiese tenido en vida; en ocasiones podía estar acompañado de joyas y enseres que sirviesen para identificarlo y que pudiesen acompañarlo en su viaje al otro mundo. A partir del siglo XIII se popularizó el uso del hábito de una oden -especialmente de la de san Francisco-, pues se atribuía a los frailes una labor de intercesión ante Dios y los santos.

El difunto así vestido solía envolverse en un lienzo o sudario cosido o sujeto con agujas que pasaron a tener un significado simbólico, de cierre del cuerpo para impedir que el alma volviese a entrar en él. Con el mismo sentido se cerraban los ojos del cadáver, se tapaban las fosas nasales y a veces se ataban los dedos gordos de los pies o de las manos, costumbre que se hizo cristiana utilizando un rosario para tal cometido.

Puesto que la muerte representaba la salida del mundo de los vivos y el abadono de la comunidad, se anunciaba mediante un toque de campanas que convocaba a los vecinos para que asistiesen a la vigilia fúnebre o velatorio del cadáver. La Iglesia castigaba algunas de las costumbres asociadas a la vigilia, como los cánticos fúnebres no religiosos o endechas que Alfonso X de Castilla condena en sus Partidas; los bailes alrededor del cuerpo yaciente, que pretendían significar que el muerto seguiría perteneciendo a la familia y a la vecindad; o el banquete fúnebre que tenía lugar con el fallecido de cuerpo presente o después del entierro.

Pasadas unas veinticuatro horas desde el fallecimiento se llevaba el cuerpo del difunto al lugar donde iba a ser enterrado, acompañado de un cortejo fúnebre en procesión y -a pesar de las prohibiciones eclesiásticas- también de los lamentos de las plañideras. Las numerosas normas promulgadas hasta el siglo XIII para impedir que la gente fuese enterrada en el campo son (por la patente necesidad de reiterar tal prohibición) buena prueba de que ésta era una costumbre extendida en algunas regiones. Sin embargo, desde los primeros siglos de la Edad Media la inhundación se vinculó en muchos territorios a las iglesias y su área circundante, lo que comportaba la protección divina para los difuntos y la garantía de la inviolabilidad para las sepulturas.

SEPULTURAS Y TESTAMENTOS

La finalidad del enterramiento era que el demonio no se llevase al difunto, que el cuerpo se convirtiese en cenizas y éstas en tierra, para que aquél desapareciese por completo y el alma pudiera liberarse.
Parece que era raro el uso de ataúdes, y más normal cavar una fosa y depositar allí directamente el cuerpo. La inhumación fue por lo general la práctica más común, si bien en épocas de grandes epidemias se impuso la cremación de los cadáveres como forma de evitar el contagio de la enfermedad. Pero los cristianos preferían la inhumación, por creer que en el fin de los tiempos las almas regresarían a los cuerpos y que éstos, reencarnados, saldrían de las tumbas para ser juzgados en el Juicio Final.
La identificación de las sepulturas fue un fenómeno tardío: en los cementerios el uso de la cruz, sin inscripción alguna, sólo surgió a partir del siglo XII, y pasó un tiempo hasta que empezaron a colocarse nombres, fechas y losas en las tumbas. El nivel social del difunto establecía claras diferencias: los nobles y adinerados preferían enterrarse dentro de las iglesias, en conventos, monasterios o capillas privadas. A partir del siglo XIII comenzaron a grbarse en los túmulos escudos y leyendas, y a esculpirse figuras yacientes sobre las lápidas. La creciente importancia que en el siglo XIV cobró la idea de la fama se dejó sentir mucho en las tumbas nobiliarias, adornadas con bultos de los allí enterrados que representaban al detalle vestidos, joyas, adornos, espadas. El rostro de estas estatuas se personificó paulatinamente hasta convertirse en un retrato del difunto, y la posición de las manos, el libro que portaba, los animales que estaban a sus pies o el lugar que ocupaba el sepulcro en la capilla simbolizaban la posición de aquél en vida.
Mientras, los testamentos se hicieron más extensos y detallados, especificando no sólo el lugar de enterramiento y el destino de la herencia del difunto, sino el número de misas que debían celebrarse por él, las donaciones... La última voluntad de los vivos dejaba ver claramente su preocupación por lo que iba a ocurrir cuando estuviesen muertos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que somos más felices ahora que nos hemos librado un poco del constante espectro de la muerte, aunque no hay duda de que tendremos que enfrentarnos a ella algún día.